La historia de una semifinal no se mide solo en los 80 minutos de juego. Comienza mucho antes, en cada reunión donde se planean los viajes. Miles de kilómetros se acumulan en las rutas y en los aeropuertos días antes de que vuele la ovalada. En las tribunas de Córdoba, donde Dogos XV normalmente hace sentir su localía, el rojo tradicional de los anfitriones tuvo un tono distinto: un poco más claro, varias prendas, banderas naranjas y tonadas de distintas latitudes aparecieron mezclados entre el público cordobés en los cuatro costados de la cancha. "Queríamos hacernos ver", se escucha en la tribuna. Y lo lograron. Porque Tarucas representa a Tucumán y al Norte, pero su corazón competitivo y el mapa de sus afectos se extienden por todo el país. La franquicia construyó una identidad interprovincial que copó “La Docta” a fuerza de un aguante familiar incondicional.

El club de las madres

En uno de los sectores de la tribuna, tres madres comparten mates, nervios y aguardan el partido llenas de ansiedad. El rugby y el destino de sus hijos las transformó en amigas. Eugenia Trombetta, mamá de Agustín Sarelli, aprovechó que hay vuelo directo desde Mendoza para estar unas horas cerca de su hijo.

"Me gusta acompañarlo, siento que le doy un poco de fuerza. Lo hacía cuando era chico en Marista y lo sigo haciendo ahora", cuenta con una sonrisa de orgullo, mientras le alcanza la yerba a dos mamás salteñas que arribaron desde otro punto cardinal.

Marcela Pérez, madre de Rodrigo Navarro, asiente con la cabeza. Rodrigo surgió de Tigres de Salta, pero el deporte ya lo convirtió en un tucumano más. "Todo comenzó hace tiempo, estuve apoyándolo siempre. Ya son grandes, ya no se dejan traer de la mano a la cancha, pero el aguante es el mismo", explica entre risas. La terna materna la completa Fernanda Holmquist, mamá de Estanislao Pregot, también salteña: "Siempre que puedo vengo. Es un deporte donde se golpean mucho y una sufre, pero estamos felices de estar en esta instancia".

ESCALA. La familia Vivas tuvo una parada en Río Cuarto antes de llegar a la capital cordobesa. Foto de Gonzalo Vera/LA GACETA.

La caravana de los Vivas

Del otro lado de la cancha, la familia de Juan Manuel Vivas armó una logística impecable para no perderse la cita. El padre, Adrián Vivas, y su hija menor, Julieta, salieron en auto desde Mendoza, pero el viaje incluyó una parada técnica.

"Pasamos por Río Cuarto a buscar a Victoria, que está estudiando allá”, cuenta Adrián. “¡Le pedí por favor que me busquen, no podían dejarme tirada!", acota la improvisada pasajera.

El orgullo de Adrián por su hijo ya sabe de largas distancias. "Siempre estoy; incluso me fui hasta Sudáfrica a verlo cuando jugó con los Pumitas", relata. El desarraigo de Juan Manuel en el norte ya es una anécdota divertida en el seno familiar: "Ya tiene un tiempo jugando allá, se siente sumamente cómodo, ya conoce todo y nos hace el City Tour. Es más: ya habla como tucumano y se le escapa alguna que otra palabrita subida de tono con la tonada de allá".

ORGULLO. Tras su paso por Yacaré, la familia de Mariano Muntaner disfruta de su llegada a Tarucas. Foto de Gonzalo Vera/LA GACETA.

600 kilómetros por la camiseta naranja

Para los tucumanos puros, cruzar el límite provincial vestidos de naranja tiene un sabor especial. María Fernanda Dumeni, madre de Mariano Muntaner, lideró una comitiva que recorrió los 600 kilómetros que separan el Jardín de la República de la capital cordobesa. Para ella, este torneo tiene una emoción única.

"Mariano estuvo antes representando a Yacaré, este es el primer año que le toca ponerse la camiseta de nuestra provincia. Te imaginás que se recorren los kilómetros que hagan falta para verlo. Que sea con Tarucas es otra cosa", confiesa.

Su familia respira rugby en serio. Con otro hijo que también vistió la camiseta de la "Naranjita", la rutina no cambió desde la infancia: "Desde que Mariano tiene ocho años, todos los domingos por la mañana, caigan truenos, llueva o pase lo que pase, estamos al lado de la cancha".

El triunfo de las fronteras abiertas

El partido está por arrancar y las tribunas cordobesas terminan de poblarse. Hubo chicos de Santiago del Estero, de Salta, de Mendoza y de Tucumán defendiendo a Tarucas en el césped. En la cancha las cosas no salieron como todos esperaban, pero en las tribunas ya ganaron su propio campeonato. El de un club de familias federal, ruidoso y apasionado, que demostró que contra una pelota, una camiseta y el amor familiar, cualquier distancia queda chica.